miércoles, 10 de agosto de 2016

La censura no se enseña

“A ser periodista no se enseña”, dijo una vez una profesora, cuando estudiaba periodismo en TEA. Y no todos los que dicen que lo enseñan pueden llamarse periodistas realmente. ¿Cómo es posible querer enseñar ese maravilloso oficio, si cuando te encontrás de frente con una información bochornosa tratas de taparla y desligarte?

Las declaraciones de Gustavo Cordera no son nada nuevo, no es la primera vez que habla en términos repudiables sobre las mujeres, fomentando el maltrato, las sumisión y el machismo. Tampoco es la primera vez que se retracta, echándole la culpa a una mala interpretación de la audiencia, a la susceptibilidad frente a su lenguaje, o a los que lo “ya lo odiaban” descargando su “ira con impunidad”. Tal vez, la misma impunidad con la que el lunes 8 de agosto, frente a un auditorio lleno de estudiantes de periodismo, el ex cantante de Bersuit Vergarabat sentenció: “Hay mujeres que necesitan ser violadas para tener sexo porque son histéricas y sienten culpa por no poder tener sexo libremente”.
Seguramente, de esa misma impunidad fue de la que se valió la escuela de periodismo de espectáculo Tea Arte, a la hora de lanzar su comunicado “aclarando” la situación: “la política de TEA Arte es no difundir el contenido de las entrevistas que se realizan en el marco de nuestras clases. “ Una regla más que cuestionable cuando se trata de la formación de futuros periodistas, y bastante contraria a lo que plantean en su página de internet como una especie de decálogo del periodista de Tea Arte, donde dice cosas como: “El Periodista de Tea Arte no es objetivo ni subjetivo; es equitativo y dispone democráticamente de toda la información que consiguió, trabaja para sus lectores (oyentes o televidentes) y no para sus auspiciantes” Esto último parece haber sido olvidado por los directivos de la escuela a la hora de proteger a su “invitado” y repudiar la actitud del alumno al romper una norma de censura explicita impuesta por quienes dicen buscar “el rigor informativo y la pasión por enseñar y aprender”.
Nadie puede enseñar a ser periodista. Nadie puede dar la pasión, la entrega, la inquietud, las ganas de búsqueda, pero si todo eso está, entonces, nadie puede quitarlo.

domingo, 31 de enero de 2016

Entre sabanas

Es difícil (por no decir imposible) saber lo que puede pasar en la cabeza de otro entre las sabanas. Podemos saber que nos pasa en el cuerpo, en contacto con otra piel, con otro aliento. Leer señales, casi instintivas y animales, que salen de lo más profundo del cuerpo. Pero la mente, es un tema aparte. Que pasa por la cabeza de otro mientras te mira con los ojos fijos, mientras recorre con sus dedos tu boca, tu pecho.
Es difícil entendernos entre secos opuestos, porque pensamos distintas cosas, distintas formas, tenemos la atención (y la tensión) puesta en lugares diferentes. Fingimos, simulamos, disimulamos, apreciamos y nos entregamos de formas distintas en cada momento.
Si hacemos una encuesta a cada hombre, mujer, adolescente, anciano, persona, sobre que piensa cuando tiene sexo, seguramente obtenemos mil respuestas distintas. Incluso si le preguntamos a la misma persona en momentos distintos de su vida, nos va a dar respuestas diferentes, incluso contradictorias.
No, no es que seamos todos anormales, ni poco consecuentes, aunque seguro algo de eso también hay. Solo nos cuesta pensar en que pensamos en ese momento tan poco pensable. Entre sabanas no pensamos, solamente vivimos, actuamos, amamos. y cuando tenemos que pensar, es porque algo no fluye, algo está trunco y no nos deja accionar, algo nos frena, nos inhibe, nuestra parte más humana y racional sale a luz en el lugar menos racional.
Una vez, una tía mía, bastante mayor, me dijo sorprendida que había escuchado a un neurólogo decir que el amor no provenía del corazón, sino del cerebro. Claro que si, todo proviene de las sinapsis neuronales, pensé yo. Mi tía era muy mayor para comprender algo tan científico. Sin embargo una frase me quedó resonando, como esas cosas que se entienden mucho tiempo después de escucharlas, pero que por algo las recordamos. No por la simple anécdota , sino por la fuerza y contundencia sensorial que nos genera. "El amor no puede venir del cerebro, porque se siente en el pecho"...
Lo más irracionalmente racional que alguien puede decir, la más cruda verdad, que desafía toda ciencia y lógica. El amor se siente en el pecho, en los huesos, en la piel, en los dedos, en las sábanas.
Es irracional.
Cómo pretendemos entender, o siquiera acercarnos a dilucidar, que piensa el otro cuando está enroscado con nosotros en las sabanas, que pasa por su cerebro? Si en realidad, todo eso pasa por otras partes de su cuerpo (y del nuestro).
De dónde viene esa necesidad de negar lo irracional del sexo, el amor, las ganas locas de besar, o de esas ganas locas en la mañana de no despegarnos, o al contrario, de no sentir nada más, y solo irnos cada uno por su lado?

Y después de mucho discutir con mi cerebro, racional y lógico, llegamos a un acuerdo. No intentar explicarlo, simplemente aprovecharlo.

martes, 13 de octubre de 2015

Constancia estructural

Me cuesta ser constante,
Me cuesta darme cuenta que la inconstancia es algo más que el solo hecho de no repetir un hábito,
Me cuesta entender que repito hábitos que no necesariamente son constantes,
Me cuestan las constantes universales,
Me cuesta todo lo que sea constante,
Su carácter de inmodificable,
Modificaciones que no se modifican, también me cuestan,
Me cuesta aceptar que los planetas no se alinean porque yo lo quiero,
Ni se modifica su lugar solo porque es una constante.
Me cuestan las estructuras cerradas,
(y también, las abiertas)
Los laberintos que no se pierden,
la gente que no se encuentra.
Los encuentros,
y reencuentros.
Y los olvidos, esos me cuestan más.
La inconstancia que me caracteriza es bastante constante.
Y eso si que es raro,
o tal vez no tanto.

viernes, 13 de marzo de 2015

Como el Ave Fenix

Haber abandonado el hábito de escribir no es lo que más me puede llegar a preocupar, sino el hecho de haber ignorado una necesidad que es tan básica como el amar (que no es lo mismo que sentirse enamorado). Yo amo todos los días, cuando me levanto, cuando me ducho, cuando me miro al espejo, cuando salgo en medio del calor de una Buenos Aires que cada verano me recuerda que el verano anterior prometí pasar el próximo verano "en invierno". Amo cuando me enojo, cuando me calmo, amo cuando lloro, cuando me rio (con una risa que hoy me di cuenta que suena muy graciosa y rara, pero también amo mi risa). Amo cuando me voy a dormir, y amo cuando me pongo a escribir.
Entonces es momento de amar, y de escribir, y de volver a sentirme libre de que no me importe, de amar leerme, de amarme, y de renacer... como el ave fenix (con todo y hasta el rojo)